En estos días, una noticia sorprendió en Argentina. Un perro había devorado el cadáver de su dueña. Hablaban los titulares de "película de horror". Pero el horror era el que había pasado el perro y no lo que había hecho. La anciana llevaba, al menos, medio mes muerta, en la cocina de su casa y, el perro, solo y desamparado, sin nadie que se preocupara por ambos, pasó un hambre canina -nunca mejor dicho- hasta que... se valió del cuerpo de su dueña para alimentarse lo que, humanizado por los profanos, constituía un horror. Pero me parece que el horror es que tan sólo fuera el olor nauseabundo de la descomposición lo que alertó a un vecino, que llamó a emergencias, y se encontraron con la escena. El perro, había devorado parte de las extremidades y cabeza de la señora.
Ahora, paso a explicar el comportamiento de este perro, algo que no es único, pues sucede, a veces, en los países del norte de Europa, donde muchos ancianos viven en soledad con sus perros. Y, si esto que aquí explico, llegase a los responsables actuales del perro -que fue trasladado a las dependencias policiales y no sé qué fue de él- y ayudase a comprender su "extraño comportamiento", me alegraría. Por el perro, principalmente.
Cuando aquél avión uruguayo cayó en los andes chilenos en 1972, los supervivientes se vieron obligados a alimentarse de los cadáveres de sus compañeros, y aquél hecho espeluznó tanto que constituyó la idea para una película titulada VIVEN. Se los comieron, y eso que sabían, conscientemente, que se trataba de sus compañeros... con lo que eso supone emocionalmente, y culturalmente también, para los humanos. ¿Y en un perro? Los perros no tienen esta barrera emocional ni cultural.
Los perros, como los lobos, pueden devorar el cadáver de un congénere. Las características que identifican al individuo, permiten su reconocimiento, y establecen los vínculos con él, que son la morfología, el olor particular, y también la voz, los gestos habituales, etc, una vez muerto, persisten durante horas o días. Presenta, el cadáver, referencias, aún reconocibles, para sus compañeros o congéneres. Pero, después, la descomposición provoca que desaparezcan dichos referentes y, el cadáver, se convierte en una carroña más.
Hasta el perro más dependiente y fiel, ese que espera a su propietario durante toda su vida, en el lugar donde lo perdió, o donde fue enterrado, no es capaz de reconocer ese cadáver como el individuo vivo que otrora fue. Le esperará, si es el caso. Sufrirá la soledad. Pero ese cadáver, para la mente sencilla del perro, es sólo una carroña. No es su dueño. Y, bajo la presión mortal del hambre, el perro no tiene las inhibiciones emocionales y culturales que tienen los humanos que, a pesar de todo, como los de VIVEN, devoraron a sus compañeros muertos. El perro sigue siendo normal, sigue siendo el mismo, más aún que los que vivieron la tragedia de los Andes.
David Nieto Maceín.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada
Deja tu comentario, por favor.